Cuando los comentarios también hacen daño: cuerpos, expectativas y cenas familiares

Hay algo que se repite cada año con las reuniones familiares, las comidas de empresa y los encuentros “de toda la vida”: los comentarios sobre el cuerpo y la vida de las personas. A veces se dicen con una sonrisa, otras como una broma, muchas veces “sin mala intención”. Pero eso no los hace inofensivos.

“Te veo más gordita”, “has adelgazado mucho, ¿estás bien?”, “qué buena cara tienes”, “tienes mala cara”, “¿y lxs niñxs, para cuándo?”, “se te está pasando el arroz”, “antes estabas mejor”, comentarios a adolescentes (e incluso niños y niñas) sobre cuándo van a tener novio o novia, observaciones invasivas hacia personas que han transicionado (y personas no binarias) que no encajan en el rol que se espera de ellas, personas neurodivergentes o con discapacidad que sienten que no se respeta su forma de estar, personas que no beben alcohol, no quieren comer algo, o simplemente no desean hablar de su vida… Son situaciones que atraviesan generaciones, géneros y espacios. Y todas tienen algo en común: colocan el foco en el cuerpo, las decisiones o los tiempos de otras personas.

El cuerpo como tema de conversación obligatoria

Vivimos en una sociedad que vigila, evalúa y opina constantemente sobre los cuerpos, especialmente los de las mujeres. En estas fechas, cuando nos reencontramos con personas que no vemos a menudo, parece que el cuerpo se convierte en una especie de “termómetro” de cómo nos va la vida. Si engordas, mal. Si adelgazas, sospechoso. Si te ven cansada, hay que comentarlo. Si te ven “bien”, también.

Estos comentarios, incluso los que se disfrazan de halago, refuerzan la idea de que nuestro valor está ligado a nuestra apariencia. Para muchas personas, escuchar este tipo de frases puede activar inseguridades, trastornos de la conducta alimentaria, duelos, procesos de enfermedad, tratamientos médicos, depresiones o simples momentos de vulnerabilidad que no tienen por qué ser explicados ni justificados.

Preguntas que no son neutras

Lo mismo ocurre con las preguntas sobre maternidad, pareja o proyectos vitales, presuponen que hay un camino correcto, unos tiempos válidos y unas decisiones esperables. Ignoran realidades como la infertilidad, las pérdidas gestacionales, las decisiones conscientes de no maternar, las rupturas, la precariedad o, simplemente, el deseo de no compartir ciertos aspectos de la vida.

Además, colocan a quien recibe el comentario en una posición incómoda: o se expone y se explica, o se calla y aguanta.

Cuidar también es saber callar

No todo lo que se piensa tiene que decirse. Y no todo lo que se dice es necesario. Cuidar en estas fechas también implica revisar qué comentarios hacemos, desde dónde los hacemos y a quién benefician. A veces, el gesto más respetuoso es no opinar sobre el cuerpo ajeno, no preguntar por decisiones íntimas y no convertir la mesa familiar o la cena de empresa en un interrogatorio.

Y si somos quienes recibimos esos comentarios, recordar algo importante: no debemos explicaciones sobre nuestro cuerpo, nuestra salud ni nuestra vida. Poner límites, cambiar de tema o responder con un “prefiero no hablar de eso” también es autocuidado.

Quizá estas fiestas puedan ser una oportunidad para ensayar otras conversaciones: preguntar cómo estamos, qué nos ilusiona, qué necesitamos, o simplemente compartir sin evaluar. Porque el respeto, a diferencia de los comentarios dañinos, sí que debería ser una tradición que no se pierda.

Daniela Más – colaboradora Zentro Empatía

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