Me estaba comiendo una palmera para merendar y se me han venido en mente las diferentes voces que a veces me cuentan en consulta lo que les supone comerse un donuts, unas galletas, una napolitana o cualquier otro dulce. Me ha apetecido escribir al respecto. A ver qué os parece.
Con este mundo de la hiperinformación alimentaria, de lo healthy, del todo o nada, de la perfección, de las miles de cuentas de alimentación saludable, … Es normal que nos den ganas de juzgar lo que hace la vecina, incluso que nos entre la culpa cuando nos da por comer algo que no es lo más adecuado según los estándares de lo sano sanísimo.
Pues bien, me voy a atrever a deciros que está genial que podamos comer lo que nos vaya apeteciendo, simplemente (qué morro tengo, ni que fuera una cosa simple, con lo complicado que es todo lo que se nos mueve interiormente con el tema de la comida) es importante que seamos conscientes de ello, que lo llevemos a un plano más consciente. A ver si me explico mejor con un ejemplo.
Pepa es una mujer que hace deporte, que come mucha verdura y en general muy sano, poco embutido, poca grasa tipo mantequilla, … en fin, que su dieta se adapta bastante a lo que se diría saludable. Pues bien, a Pepa de vez en cuando le apetece comerse un bollo con su café y a veces, me cuenta riéndose, unos churros. Me dice que lo come quizás una vez a la semana de media, eso quiere decir que algunas semanas lo come 2-3 veces y de repente se tira 3 semanas o un mes sin comerlo. Ella se siente culpable después de comerlo porque ha leído que los bollos son el demonio.
Sofía es una señora que tiende a comer sandwiches en el trabajo delante del ordenador, a veces ensaladas con la salsa que traen para aliñar, incluso se salta la comida si no tiene tiempo, luego llega a casa y suele tirar de comida precocinada como espinacas a la crema, lasañas, salchichas, etc. No tiene mucho tiempo y me cuenta que sencillamente no le interesa la alimentación, tampoco es que le hayan contado qué es comer saludable. Por su puesto come helado mientras se ve una serie casi todas las noches.
Isa es una chica que está pasando por un momento un poco complicado, vive en casa con su familia, estudia, trabaja y le han pasado algunas cosas desagradables ultimamente. Le gusta comer pero a veces no tiene tiempo, suele tirar de botes de legumbres, de verduras congeladas, bastante fruta y frutos secos. Suele tener ansiedad y se come una napolitana, alfajores o galletas, otras veces está cansada y se come un donuts. Le calma.
¿Hay alguna diferencia?
Como podéis ver, Isa, Sófía y Pepa se relacionan con la comida de manera diefrente, las 3 comen dulce en mayor o menor cantidad, pero una porque no tiene educación nutricional como es el caso de Sofía, ni tampoco le ha interesado ni le preocupa. Isa no está teniendo otras herramientas en este momento para calmar su malestar, entonces de momento le ayuda comer algo dulce, le reconforta. Y a Pepa simplemente le gusta el dulce y lo come de forma puntual, sabe que no es lo más sano, lo incluye en su dieta con un poco de culpa por toda la información que ha leído en las redes.
Cada situación la afrontaremos de una manera diferente.
Si Isa comiera zanahorias de forma compulsiva para calmar su ansiedad habrá quizás quien piense que está todo bien, pero sin embargo Isa seguiría teniendo ansiedad, su problema no es el donuts ni la zanahoria, sino el adquirir herramientas que le sirvan para calmar su malestar, intentar poner solución a esos problemas que esté teniendo.
Si Sofía dice que no quiere aprender a comer de otra manera, entonces está en su derecho de comer como come. Si por el contrario ha decidido que quiere cambiarlo, por la razón que sea, entonces habría que enseñarle a comer de una forma saludable y darle herramientas para que se organice mejor con las comidas.
A Pepa quizás sería importante hablarle de lo que es comer saludable, explicarle la diferencia entre lo que son hábitos alimenticios y lo que son ocasiones puntuales, ayudarle a ver que lo importante es lo que hacemos en la globalidad de nuestros hábitos. Si le apeteciera comerlo todo el rato como le apetece a Isa, entonces la situación sería diferente, seguramente tendríamos que prestar atención (con ayuda psicológica) a lo que subyace a ese deseo por ese alimento.
¿Te sientes identificada? Espero que pueda servirte. Obviamente hay mil voces más, tantas como personas diferentes, estas son tres situaciones que me he inventando totalmente pero que podrían representar la realidad, nuestra relación con la comida se ve influida por multitud de factores, esto es un ejemplo muy reducido que me parece que podría ser ilustrativo.
Escrito por Elena del Estal.



