Son las 6:15h y me despierto atrapada por un ruido que ya es familiar, al igual que mi mal humor, al ser consciente de que el sonido que ha osado despertar mi plácido sueño son las lavadoras de las vecinas en funcionamiento. “¡A quién se le ocurre! ¡Vaya horas! ¡Voy a poner un cartel en el portal! ¡Me voy a mudar a la montaña!”, pienso mientras cojo los tapones para retomar el sueño.
El mito del individualismo, la utopía de la autonomía absoluta se apodera de mí.
Me he mudado a Carabanchel y aquí (y también allá, porque en mi pequeño mundo ya nadie se libra de esto) el horario con más movimiento de mi edificio es entre las 6h y las 8h. Inflación, duchas, subida de la luz, escaleras arriba y abajo, perros que ladran ansiosos por su paseo, armarios que abren y cierran a ver qué me pongo hoy que las mañanas son frías, pero por la tarde el cambio climático ha hecho de las suyas…
Las consultas de las psicólogas están llenas
Entre la pandemia, el estrés del sistema capitalista y que la vida a veces no está de nuestro lado, parece que las consultas de las psicólogas lucen más que nunca. Realmente si no fuese por la desesperación que hay detrás, no sonaría ni tan mal.
Y ni tan mal esos ratitos con la psicóloga, esos ratitos en los que podemos y nos permitimos pensar que podemos cambiar, y tanto que sí. Pero ¿y cuando no llego a fin de mes? (¡adiós psicóloga!), ¿y cuando mi jefe es un maltratador? ¿y cuando mi pareja ya no me ve? No, el cambio tampoco es fácil para muchas cuando no tenemos una familia que nos sostenga, unas amigas cuidadoras, una carrera profesional reconocida y cuando nuestra identidad está sujeta a la de otras personas.
Salud mental y pensamiento crítico
Tras la pandemia ha sido curioso cómo nos hemos agarrado masivamente a ciertas lecturas que nos hacen pensar que los mensajes que hemos recibido sobre salud mental no van en la dirección más sanadora.
Algunos artículos han llegado a nuestras pantallas para hacerse virales y arrojar algo de luz. Uno es “No tienes síndrome de la cabaña, es que no quieres volver a la vida de mierda” de Isaac Rosa para el Diario y otro “La felicidad perjudica seriamente la salud mental” de Paola Ruiz Huerta para El Salto. En ellos se habla exactamente de algo que va más allá del individualismo, de poner límites de manera reduccionista o de la tiranía del autocuidado en versión Mr. Wonderfull.
Las consultas tienen estas limitaciones y, por eso, para hablar de salud mental, tenemos que generar individuos políticos, pensamiento crítico, empatía y negociación.
Falta visibilizar otras maneras de hacer terapia, otras maneras de vivir bien y otras maneras de relacionarnos con ternura.
MÁS ALLÁ DE IR A TERAPIA
Os invito a reflexionar qué podemos hacer cada persona por nuestra salud mental.
La psicóloga Ianire Estébanez habla de ello en su blog. Antes de mandar a una persona a la psicóloga, estaría bien preguntarnos qué puedo hacer por ella. Preguntar qué tal está, mantenerse a su lado, escuchar o abrazar son algunas ideas.
También tenemos que revisar nuestro sistema. Solicitar cita médica y que no te atiendan hasta dentro de un año, que no te faciliten alternativas, que se normalice trabajar 12 horas diarias, que nuestros hijos, hijas e hijes sean cuidados por otras porque tú no llegas, que te pidan las cosas para ayer, que tus amigas critiquen como modelo de relación, que tu ex no negocie, que no llegues a fin de mes y que después nos digan que vayamos a la psicóloga, no es contribuir a la mejora de la salud mental.
El vínculo terapéutico
Claro que la ayuda profesional alivia, pero no resuelve parte de esos problemas y una de las cosas que más sana es encontrarte a una profesional que te reconozca, te trate con cariño, que muestre su indignación frente a las violencias que sufres, que se emocione con tus logros. Hasta aquí, no he hablado de ninguna técnica pero sí de mucho amor y mucho vínculo terapéutico, ese que sana y que acompaña.
UN TIEMPO ORGÁNICO
Revisemos nuestro modo de vida. No estoy descubriendo nada nuevo, pero sí recordar que más rápido no es mejor, que, si tienes que volver a casa para comer, aunque pierdas dos horas de tu tiempo, con un poco de suerte te recibirán con amor, no gastarás tu dinero en un restaurante, comerás sano, estarás más cómoda en chándal y sin sujetador, respirarás despacio y te prepararás para lo que queda de tarde.
¿Cómo te gustaría vivir?
También animaría a fantasear mucho, como si de una película se tratase, sobre cómo te gustaría vivir. Una isla desértica está permitida. ¿A dónde me iría?, ¿cómo viviría?, ¿cómo me relacionaría? Lo siento, es poco probable que todo eso suceda, pero sí podemos escuchar qué necesidades hay detrás de esa fantasía y aterrizarlo para aproximarnos de algún modo. Darse tiempo y cariño siempre será funcional porque te acerca a lo deseado y te aleja de lo innecesario.
Siendo conscientes de lo que queremos, pero sobre todo de lo que no queremos, e identificar nuestros deseos, nos ayuda a negociar con los demás, a no sentirnos esclavos de lo ajeno.
LO COLECTIVO
Resulta imprescindible dignificar las Humanidades, esta área de conocimiento nos aporta la reflexión sobre cómo relacionarnos entre nosotras. Frente al ideal socialista de los países nórdicos en el que todas las personas nos desarrollaremos independientemente, sin que los hijos e hijas dependan de sus familias, sin que las mujeres dependan de los hombres, el documental “La teoría sueca del Amor” nos acerca a la importancia de la vida en comunidad, ya que solo a través de esta interacción aprendemos sobre empatía, concesión y negociación.
Pensar en un sistema comunitario implica pensar en un sistema de prevención para la salud mental y un trampolín para un sistema de bienestar.
Adriana F. Caamaño, Psicóloga feminista



