¿En qué identidades me vivo a mí misma y qué impacto tiene esto sobre mi salud?
La sociedad que actualmente vivimos y el contexto educativo/laboral/familiar del que formamos parte potencia la generación de una identidad individual más allá de la colectiva.
Esta vivencia de la identidad individual hace que muchas de las emociones que atravesamos las vivamos con una carga mayor de angustia, que si las situamos como un resultado o mensaje en medio de un entramado social o colectivo, del que indiscutiblemente también formamos parte aunque no siempre tengamos conciencia de ello.
Es cierto que el cuerpo es el primer organismo colectivo del que formamos parte. En el cuerpo habitan diferentes sensaciones, mensajes, necesidades. Estas necesidades a veces chocan entre sí, es a lo que llamamos conflicto. En ocasiones la terapia es un espacio donde poder dar voz a cada una de estas necesidades, también donde poder equilibrar el espacio que ocupa cada una, e intentar generar un diálogo horizontal donde nuestro organismo vuelva a recuperar la sensación de calma o tranquilidad, esa que queda tras un rato de escucha respetuosa e inteligente de las diferentes partes que habitan en nosotras, ayudando a limitar aquellas que suelen dominar y coger más fuerza, pudiendo dar espacio o voz a aquellas que han sido más silenciadas o escondidas a lo largo de nuestra historia vital, conectada con el historia social o de roles o entornos donde hemos participado.
Sentarnos un rato a estar con nosotras mismas a veces supone la experiencia de hacer una asamblea en nuestro interior, observar aquello que está habitando nuestro día a día, pararse a identificar y extraer el mensaje. Posteriormente se trata de conocer si alguna de nuestras necesidades está siendo oprimida por otra (en muchos casos es así), o si alguna de nuestras necesidades tiene que ver con el exterior, si alguna acción o movimiento exterior puede facilitarnos el satisfacer aquello que en cierto momento puede estar resultando poco atendido, etc.
Individualidad y/o colectividad
Además de visualizarnos y reconocernos como un organismo vivo donde cohabitan diferentes emociones y necesidades, también es interesante conocer cuáles de dichas sensaciones o necesidades están relacionadas con la supremacía de la identidad individual sobre aquella colectiva. El vivirnos únicamente como sujetos individuales muchas veces nos genera una sensación de soledad frente a aquello que estamos viviendo, que rodea el resto de la experiencia dolorosa, y que dificulta de alguna manera la distancia adecuada en el proceso de escucha de la misma. El gran volumen de la vivencia de la soledad oprime el potencial que implica mirar nuestras emociones en relación a un contexto, a los roles que ocupamos en relación a otras personas, al papel que ejercemos en la sociedad. El proceso de terapia también supone un espacio donde reducir el volumen de la soledad, pudiendo así escuchar al resto de necesidades que en el cuerpo habitan, y buscar espacios dentro de nuestro contexto social y cotidiano donde resolver o satisfacer aquellas emociones que desde un prisma individualista a veces negamos o no somos capaces de ver.
Somos sujetos individuales, pero también formamos parte de sujetos colectivos. Conocer los sujetos colectivos que conforman la sociedad y reconocer qué identidades colectivas poseemos favorece también el proceso de búsqueda y fortalecimiento de espacios o contextos donde dichas identidades colectivas ganen fuerza y potencia, siendo así la soledad una emoción o vivencia con menor protagonismo y siendo más colectiva y compartida la búsqueda de soluciones y alternativas a aquellas heridas o dolores que como sujetos colectivos vivimos.
La terapia puede suponer un primer contacto con el organismo que cada uno portamos en nuestro cuerpo, reconocer las necesidades que en él habitan, así como un reconocimiento de lo que nuestro contexto genera en relación a la vivencia de nosotras mismas, poder romper conceptualizaciones individualistas de lo que nos sucede y aumentar estrategias de reconstrucción y reparación colectiva hacia aquello que nos impacta en el día a día
Como ejemplo práctico de cara a aterrizar esta reflexión propongo una serie de preguntas:
- Cuando me encuentro mal ¿tiendo a llenarme de culpa acerca de lo que me pasa o siento?
- ¿Tiendo a tratar de solucionar aquello que siento únicamente mirando hacia dentro?
- ¿De qué grupos o colectivos formo parte? ¿Me proporcionan estos grupos identidades saludables o identidades que me oprimen?
- ¿Soy consciente de las identidades que ocupo? ¿Estoy satisfecha con ellas? ¿Me gustaría habitar o construir alguna otra identidad en mí?
- ¿Puedo mirar los procesos que vivo desde una mirada relacional, más allá de la puramente individual?
- ¿Lo que sucede en mi contexto puede darme pistas de ciertas emociones con la que habito en el día a día?
- ¿Existen en mi contexto espacios donde se generan alternativas o soluciones a dolores que porto?
- ¿Encuentro similitudes en ciertas heridas que vivo con respecto a las que viven las personas con las que comparto en mi cotidiano?
Entendiendo las respuestas
Desde lo que emerjan en estas preguntas se puede comenzar o continuar un trabajo de colectivización de las emociones. No se trata de depositar la carga o responsabilidad de lo que me ocurre en el contexto social que habito o los grupos donde participo, sino de poder generar un equilibrio entre la carga de responsabilidad que deposito en mis propios recursos individuales con respecto a los espacios colectivos donde participo, en relación a la vivencia que acabo teniendo de mí misma. Quizás existe la sensación de no pertenecer a espacios colectivos, dadas las características del contexto social actual, que potencia el individualismo. La generación de redes o la incorporación a grupos ya existentes pueden ser también parte del proceso de sanación y fortalecimiento de nuestro cuerpo y lo que en él vivimos a nivel emocional/social/vital.
La conversación entre nuestra identidad o identidades individuales con respecto a aquellas colectivas es un proceso interesante de reflexión y de generación de bienestar, de equilibrio, de sostenibilidad.
Preciosa reflexión de Marta.



