El poder que le otorgo a la otra persona
Es común que el cuerpo se invada de sensaciones, emociones, demandas que vienen del exterior, y que nos nuble la sensación y la experiencia de Ser, de ser dignas de lo que sentimos, necesitamos, experienciamos nosotras mismas en primera instancia.
Es común el conflicto entre atender y dejarnos ser a nosotras como prioridad, o atender a lo que otros/otras nos plantean o intuimos que nos hace llegar.
Estamos muy educadas para dar, para cuidar, para intuir qué vacío sin cubrir hay ahí afuera, qué huecos o injusticias están sin atender. En este laberinto exterior, nuestro cuerpo es bien útil y sabio. Somos tan capaces de detectar demandas, empatizar con el dolor ajeno, o la alegría ajena, lo ajeno en su conjunto…
¿Qué genera esta educación sobre nuestros cuerpos y la experiencia de Ser?
En ocasiones, a veces frecuentemente, estamos atentas a la señal exterior para conformar un rol complementario a lo que el exterior nos plantea. Según sea el otro, así sabemos el molde a diseñar para ser necesarias y útiles.
Suena quizás fuerte o exagerado, pero es bastante frecuente. ¿Te identificas con este proceso?
¿A qué nos lleva esta experiencia?
Convivir diariamente con la necesidad de satisfacer a un otro que no es en primera instancia nosotras, implica convivir diariamente con procesos de autoexigencia, duda, inseguridad….
Fruto de la educación, y el bombardeo de mandatos de género, acabamos dando al otro un poder excesivo para la autodefinición de nosotras mismas, acerca de quienes somos, qué sentimos, qué necesitamos, qué nos gusta, hacia dónde nos dirigimos, cuáles son nuestras metas y horizontes.
Nos debatimos entre escucharnos y escuchar al exterior, y en múltiples circunstancias, la escucha a la otra persona “GANA” la partida. Es un proceso muy sutil, pero se refleja en la cantidad de tiempo que empleamos en hablar de ella o de él, en las numerosas ocasiones donde estamos tratando de sanar dolores que provienen de fuera, los momentos donde no sabemos qué necesitamos y pedimos su opinión…, las veces que nos sabemos qué queremos o que dudamos de lo que nos gustaría.
¿Qué sucede cuando esa otra persona es significativo en nuestra vida?
En general recibimos muchas inercias para cubrir a eso otro la necesidad. Ese otro puede ser un proyecto laboral, una relación de amistad, una relación sexoafectiva, una persona de mi familia, un colectivo al que pertenezco…
Si ese otro es significativo, además frecuentemente estamos situadas por debajo en la jerarquía relacional. Ese deseo de complacer y satisfacer su demanda o necesidad (a veces incluso cuando éstas no son explicitadas y tratamos de averiguarlo con nuestras herramientas intuitivas) se puede volver infinito e incansable. Pero en todo este proceso nuestro cuerpo sí se cansa, se puede mostrar con el tiempo ansioso, triste e inseguro. La rabia aparece en ocasiones, aunque por lo general nos cuesta más dejarla fluir y hacerla parte de nuestro registro emocional. Es común recubrirla de culpa, apatía, desprecio a nosotras mismas…
Recibimos incesantes mensajes para que el otro esté en primer lugar, y ¿qué hacemos? Le otorgamos un poder desmesurado, desequilibrado, injusto con respecto al resto de necesidades o procesos que habitan y conviven con nosotras en el día a día.
¿Qué propongo para equilibrar los poderes que otorgamos al exterior-interior?
No se trata de construir una burbuja infranqueable donde nada del exterior permee. Somos seres interdependientes y como tal necesitamos a otros seres con los que cohabitar y construir. Se trata de generar un diálogo equilibrado, donde exista espacio para acceder a lo que nace y se cultiva dentro de mí, al tiempo que puedo estar en sintonía con lo que sucede en el exterior, pudiendo elegir más libremente el grado y el ritmo de respuesta que quiero dar tanto a lo interno como lo externo.
Atendiendo a la mochila con la que cargamos, sí que abogo por la generación de un espacio de escucha propio, donde por un tiempo la prioridad se coloque en el interior de nosotras, donde nos sintamos con derecho de marcar una distancia adecuada con el resto de asuntos que nos rodean, donde lo que habita en nosotras y desde nosotras pueda ser captado, escuchado, acogido, legitimado. Desde esta escucha a lo interno, el resto del diálogo y la negociación puede verse afectada de una manera reequilibrante hacia nuestro propio bienestar.
Aterrizándolo
A modo concreto puede ser algo así como: ¡No, ahora no es tu turno, llevo atendiéndote muchísimo tiempo, y hoy quiero escucharme a mí, por ver qué pasa ahí dentro, por notar curiosamente qué sucede dentro de mí, por ir realegrándome de estar conmigo, y dar espacio al gusto que se genera cuando me doy un rato de calidad! Propongo la creación de unos límites firmes, protectores y amorosos hacia nuestra experiencia, que está conformada con sentimientos, deseos, curiosidades, dudas.
No se trata de ponernos vendas en los ojos y tapones en los oídos, aunque haya ocasiones donde pueda ser lo que deseemos. Se trata de practicar una actitud responsable y justa hacia lo que sucede dentro de nosotras. Hemos sido educadas para el cuidado y la reproducción, pero ¿qué sucede con los cuidados y lo reproductivo en el interior de nosotras? ¿Se posterga hasta que se hace invisible e intangible y se transforma en dolor? El cuerpo está vivo, y deseando que le hagamos un hueco.
Él sabe de tu historia, de lo que te enseñaron, sabe replegarse para que atiendas al afuera, sobre todo si es un otro que suele usar una voz algo más firme y al que se le da cierta autoridad mayor desde el afuera. Quizás este cuerpo que convive con nosotras esté sufriendo a ratos, y esté deseando reabrazarse a tu presente.
Tantas horas conviviendo con ese otro acaba a veces dictaminando la banda sonora de nuestra semana, de nuestras rachas, de nuestros planes. Está fenomenal esa capacidad de apertura y crecimiento en el diálogo con el otro. Quizás hay ciertas partes de ti que estén deseando ser escuchadas y te aseguro que tienes herramientas para hacerles un hueco e incluso en ocasiones priorizarlas, sobre el mensaje de whatsapp, la nota en la agenda, o la cara de alguien que hoy parece no tener su mejor día o que está deseando celebrar algo aunque tú necesites descansar.
Duele y cuesta a ratos priorizarse, pero si se trata construir el reequilibrio y la justicia hacia ti misma y tu bienestar, ¿merece la pena? Yo creo fuertemente que sí.



