Entrevista a Tania R. Manglano por Raquel Martín Sánchez

«Aun así, el cuerpo sigue siendo la medida de todas las cosas. Es esta la escala que mejor conocemos (. . .) Hablamos de pulgadas, de pies, de palmos, porque eso es lo que conocemos. Conocemos el mundo por y a través de nuestro cuerpo. Este es nuestro laboratorio. No podemos experimentar sin él. También es nuestro hogar. El único que realmente poseemos. Nuestro hogar esta donde está al corazón.»  – Jeannette Winterson, La niña del faro.

 

¿Quién es Tania R. Manglano?

Conocí a Tania Rodríguez Manglano en la Fundación Entredós, un espacio creado por y para mujeres en el que hacer política en primera persona. En él, Tania sostiene el espacio de salud llamado Trótula, cuyo sentido principal es el cuidado del cuerpo femenino.

Tania R. Manglano Fisioterapia

Fisioterapeuta, masajista, y osteópata, desde hace unos años se dedica al tratamiento de la incontinencia urinaria femenina y la preparación al parto. También forma parte de un estudio sobre modelos de parto que se está llevando a cabo en el hospital La Paz de Madrid. Recientemente ha empezado a dar clases en la Universidad Europea, donde pretende enseñar a sus alumnas y alumnos que el cuidado (que ella aprendió de su madre, de su abuela y de sus tías, en definitiva, en el «entre-mujeres») también es político.

De economista a fisioterapeuta, te contamos su historia…

Raquel: Primero estudiaste empresariales, algo que, al menos aparentemente, tiene poco que ver con el cuidado del cuerpo. ¿Cómo se produjo, entonces, tu decisión de dedicarte a la fisioterapia?

Tania: Es una cuestión misteriosa, como si la decisión de estudiar fisioterapia después de pasar por empresariales fuera una vuelta a los orígenes.

Desde niña había querido ser médica y, a la vez, me gustaba mucho hacer cosas con las manos: mi abuela decía siempre que iba a ser alfarera o escultora. Después, por diversas circunstancias, empecé empresariales y, estando en tercero (corría el año 1991), fui a una conferencia de una mujer que me gustó mucho sobre el «arte de tocar» y decidí hacer un curso de masaje de un año, en el que descubrí mi vocación, lo que yo quería hacer.

Seguí estudiando, empecé a trabajar como masajista y me di cuenta de que si quería dedicarme al cuidado de la salud tenía que estudiar mucho y volver a la universidad.

Raquel: ¿Y por qué si desde pequeña habías pensado en ser medica optaste, ya de adulta, por la fisioterapia y no por la medicina?

Tania: Según fui creciendo, la medicina dejo de interesarme y me acerque mucho más a las terapias alternativas. Primero estudie masaje, luego reflexología, acupuntura, naturopatía etc. Entré en la fisioterapia teniendo claro que lo que me llenaba era lo que tenía que ver con las terapias manuales. La comunicación con las y los demás a través del cuerpo, el contacto, era lo que más me interesaba, aunque la fisioterapia tiene también una parte diagnostica y de investigación. Además, ya en las primeras clases me di cuenta de que era una facultad bastante femenina, lo que contrastaba con mi experiencia anterior en la facultad de empresariales, mucho más masculina.

En las clases de fisioterapia, había reconocimiento de autoridad femenina por parte de profesoras y profesores, mucha atención al cuidado, una visión del ser humano en su globalidad, se hablaba de empatía, la gente se tocaba mucho…y a medida que fui estudiando me di cuenta de que había acertado en la elección, quería ser fisioterapeuta y no médica. Me interesaba también no estar en el escalafón más alto de la jerarquía, para tener un contacto más cotidiano con la o el paciente, un vínculo más estrecho, una implicación mayor en el proceso de curación.

Raquel: ¿Al hablar de la fisioterapia te refieres a ella como «el arte de tocar”? ¿Por qué un arte?

Tania: Porque en la fisioterapia hay mucha creatividad y también algo de intuición. Es como si mis ojos estuvieran en mis manos, me sorprende la memoria táctil de mis dedos para reconocer la anatomía… hay todo un arte en tocar y en saber lo que anda mal, en saber lo que es equilibrio en el cuerpo, en escuchar los tejidos. Desde luego no es algo innato, porque se va desarrollando, pero hay que tener cierta habilidad, de algún modo es un don.

Raquel: Precisamente, quería comentarte que a mi me han dado bastantes masajes a lo largo de mi vida, pero las dos veces que he acudido a ti he notado una diferencia respecto a la práctica del resto de masajistas. Con ellos y ellas tenía la impresión de que seguían una rutina, un recorrido casi mecánico por mi cuerpo, igual al que aplicaban a otras personas. En cambio, contigo me pareció que el masaje se adaptaba a mis necesidades particulares, a mis dolores y contracturas, a mis huesos y músculos. ¿Cómo consigues esa empatía, esa escucha del cuerpo de la otra?

Tania: Alguna vez me han dicho que tengo bastante empatía, pero no sé cómo se aprende. Sé que está ahí, que intento cultivarla y que espero en cada consulta algo nuevo, inédito que pueda pasar. Para mí, es importante lo que indica el cuerpo, y cada día puede decir una cosa distinta.

Creo que cada cuerpo humano tiene sus pequeños secretos, sus recovecos, sus puntos clave, e intento adaptarme a esa singularidad. No hay una espalda igual a otra, un cuerpo igual a otro. Escuchar lo que cada cuerpo te quiere mostrar tiene mucho de intuición y creatividad, a eso me refería con la expresión de que la fisioterapia es como un arte, aunque el conocimiento sea importante. Hay un arte -que se va adquiriendo, que se va practicando- en saber lo que la otra persona necesita, en escuchar sus ritmos y lo que su cuerpo señala.

Raquel: Y en esa manera de acercarte al cuerpo de la o el paciente, ¿qué papel juega su confianza en ti y tu confianza en él o ella?

Tania: Creo que una de las cosas fundamentales de la relación terapéutica es la confianza. Por un lado, está la persona que, con un grado alto de vulnerabilidad, pero también de apertura, viene buscando ayuda y confía en que se la puedo dar. Por mi parte, esta confiar en que la persona me va a escuchar, va a seguir alguna de mis indicaciones y, sobre todo, se va a dejar dar lo que yo le pueda dar. Creo que, si no hay esa confianza, que unas veces se genera a lo largo de diferentes sesiones y otras en unos pocos minutos, es muy difícil que se produzca un espacio y un momento de salud, de bienestar, de estar a gusto.

En este sentido, creo que es un detalle a destacar que nunca haya hecho publicidad de mi consulta, mis pacientes vienen por el boca a boca, por el vínculo afectivo que tiene con otra persona que me conoce, y creo que eso facilita la confianza. Es una red de relaciones, principalmente femenina, porque el noventa por ciento de mis pacientes son mujeres. Y aunque es algo que no he buscado, tampoco se trata de algo casual.

Raquel: Relacionado con eso que comentas, hay un fragmento del libro Por su propio bien. 1000 años de consejos de expertos a las mujeres, de Deirdre English y Barbara Ehrenreich, que dice así: «La curación fue un asunto de mujeres mientras fue un servicio vecinal, de comunidades establecidas en las que los conocimientos podían pasar de generación en generación y donde la curandera conocía a sus pacientes y a las familias.

Cuando los esfuerzos por sanar a la gente se apartan de las relaciones personales para convertirse en una mercancía, en una fuente de riqueza, el oficio de curar se convierte en una actividad masculina». ¿Qué piensas de 10 que dicen estas autoras?

Tania: La verdad es que hay algo de eso que comparto. Es a partir del Renacimiento, del Humanismo y sobre todo de la Ilustración -al concentrarse el saber en la universidad, a la que las mujeres no pueden acceder- cuando se establece una medicina oficial, cientificista, que es «la que sabe», que es masculina y muy jerárquica. Pero, a la vez ha habido siempre toda una actividad básicamente femenina que tiene más que ver con el cuidado del cuerpo, en los márgenes del conocimiento universitario.

Raquel: Y para ti, ¿cuál es la medida de la practica terapéutica?

Tania: Pienso que lo fundamental es poner en el centro la relación, la escucha, la empatía y no pretender que sabemos lo que va a pasar, sino estar abierta a lo que vaya sucediendo. Me explico. Si tu vienes con un esguince, yo no espero que te vayas andando; si pasa, mira que bien, pero me sigue sorprendiendo, después de tantos años, que a veces una persona con una [sesión] ya este recuperada y otra necesite tres.

A la vez, la medida y el deseo es que haya un restablecimiento, en lo posible, del bienestar. A veces veo a pacientes sin dolor, aligeradas de peso, recuperando la sonrisa y eso me «carga las pilas». Aunque me atrae la investigación y dar clases en la universidad, no quiero dejar la consulta, porque me gusta lo que hago allí y me encanta transmitirlo, que esa pasión fluya. Es una medida no muy convencional: la otra o el otro esta mejor, y entonces yo también.

Por otro lado, tengo claro que hay algo en la relación [terapéutica] que no se deja reducir a lo monetario. Porque, aunque la fisioterapia es un trabajo, una manera de ganarse la vida, es también algo que está muy pegado a lo humano, al cuidado y a lo vulnerable, por lo que el dinero, aunque es necesario, no es lo primordial.

Raquel: Desde hace un tiempo te dedicas a hacer preparación y asistencia al parto. ¿Cómo es que decides llevar el ‘arte de tocar» al cuidado del cuerpo materno?

[…]

Lee la entrevista completa en el siguiente enlace.

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