Cada 8 de marzo, miles de mujeres salen a las calles para reivindicar sus derechos y denunciar las múltiples formas de violencia y desigualdad que enfrentan. Sin embargo, ¿qué sucede cuando el feminismo que domina estos espacios no representa a todas las mujeres? ¿Cuándo deja fuera experiencias fundamentales y perpetúa, sin cuestionarlas, estructuras de privilegio y opresión?
El feminismo hegemónico –blanco, hetero, occidental, burgués– ha impuesto una visión parcial de la lucha feminista, donde el sexo-género es la única opresión relevante y se ignoran otras dimensiones como la raza, la clase, la discapacidad o el estatus migratorio. En su discurso, se presentan como universales las experiencias de un grupo concreto de mujeres, dejando fuera a aquellas cuyas vidas están atravesadas por sistemas de opresión múltiples. Se habla de sororidad, pero esta no opera cuando se trata de relaciones entre mujeres blancas y mujeres racializadas. Como señala Ruby Hamad, históricamente la narrativa ha presentado a las mujeres blancas como indefensas y a las mujeres negras como agresoras, perpetuando así jerarquías raciales dentro del propio movimiento feminista.
Feminismo hegemónico y sus cadenas: ¿a quién protege el 8M?
No todas las mujeres pueden salir a manifestarse este 8M. Para muchas, estos espacios no son seguros ni garantizan su protección. Las mujeres racializadas, las migrantes, las trabajadoras sexuales, las trabajadoras del hogar, las trans, les no binaries, las neurodivergentes y las discapacitadas han denunciado una y otra vez cómo sus demandas son ignoradas y sus cuerpos expuestos a nuevas violencias dentro de los propios círculos feministas. ¿De qué sirve una marcha que no escucha ni resguarda a todas? ¿Qué significa la lucha feminista si no se enfrenta a todas las opresiones?
El feminismo no puede mirar hacia otro lado mientras las instituciones impiden la regularización de miles de personas extranjeras en situación administrativa irregular, niega el acceso a una vivienda digna, a una salud y educación pública de calidad, a trabajos con condiciones y salarios justos, a tener seguridad que nos permita transitar sin ser perseguidas y criminalizadas. La justicia feminista no puede ser selectiva: debe luchar contra la criminalización de los cuerpos racializados y defender la vida de quienes están en los márgenes del sistema.
Hacia un feminismo antirracista, antipatriarcal, anticapitalista y antifascista
Para romper con el feminismo hegemónico y construir una lucha verdaderamente transformadora, es imprescindible:
- Cuestionar los privilegios propios: ¿Se están considerando las experiencias de otras mujeres y colectividades en los espacios feministas?
- Ampliar los discursos: Incluir perspectivas diversas y descentralizar las voces dominantes.
- Reconocer y recompensar el trabajo de las mujeres racializadas: No basta con nombrarlas, es necesario apoyar, pagarles por sus conocimientos y valorar sus contribuciones.
- Apoyar y fortalecer los tejidos colectivos: Especialmente los liderados por comunidades afrodescendientes, gitanas, árabes, musulmanas, asiáticas, los pueblos originarios de Abya Yala y el karibe, quienes sostienen la resistencia desde sus propios saberes y luchas históricas.
Este 8M debe recordarnos que el feminismo no puede ser un movimiento exclusivo ni cómplice de otras formas de dominación. No es solo una lucha contra la opresión de género, sino contra todas las estructuras que sostienen la desigualdad. Porque si el feminismo no nos incluye a todes, entonces no es feminismo.
Psicoterapeuta y Educadora sexual somática
Antirracista y feminista negra



