Identidad líquida

La identidad dejó de entenderse como una esencia fija o un destino, afortunadamente, desde hace más de cincuenta años. Tampoco un condicionante eterno y la frase “Infancia es destino” que se le atribuye a Freud, es el resumen de una manera de entender la personalidad como un conjunto de procesos fundamentalmente estables, que se fijaban durante la infancia.

Muchas teorías contribuyeron a fragmentar la idea de identidad como un todo completo, sobre todo desde la filosofía, para que la famosa “esencia de cada persona” se cuestionara. Simone de Beauvoir fue fundamental para lograrlo.

Este cambio permitió la posibilidad de pensarnos más libres, en tanto que no estamos esclavizados por el tipo de personalidad que nos tocó tener, ni por lo que nos sucedió en los primeros diez años, porque lo que somos y vamos siendo, no está inscrito en el fenotipo ni en el ADN ni en la pizarra de la infancia. 

Por fin se entendió en el siglo XXI la identidad como un proceso continuo y fluido

Interdependiente del contexto, las decisiones personales y del desarrollo durante todos los ciclos de vida, hasta la muerte.

Sin embargo, este modelo dio pie a un conjunto de premisas que han tensado la idea hasta su opuesto; en este siglo la industria de la felicidad, el pensamiento positivo, la autoayuda y ciertos enfoques de la psicología popular, han divulgado la noción de que cambiar es un trabajo esencialmente de voluntad consciente. Cuestión de desearlo, decretarlo o repetirlo.

Frases como “creer es poder”, característica de esta manera de entender al yo, apunta a la libertad personal y apuesta por el poder de la voluntad, sustento fundamental de cualquier terapia y sin embargo, la idea no está libre de problemas.

Identidad líquida 

Si antes la identidad era sólida el otro polo del espectro es entenderla como líquida y tiene el riesgo de culpabilizar a la víctima que “no puede cambiar su vida” en tanto que “seguramente no lo ha intentado con suficiente fuerza” aunque sepamos que el trabajo personal no es un proceso de repetición voluntaria de un decreto.

Ambos posicionamientos pueden ser injustos para las personas que buscan modificar zonas de su personalidad que les hacen sufrir. La identidad es flexible y plástica pero no una cosa intercambiable ni un producto del mercado que se devuelve si no se ajusta a la expectativa.

En esta danza entre uno y otro polo del continuo, las psicólogas que trabajan desde perspectivas integradoras  y/o sistémicas apuntan a trabajar simultáneamente la parte más difícil de modificar de la personalidad porque se ha rigidizado y la apuesta por la capacidad plástica del cerebro y del cuerpo, de desaprender lo que no funciona, para construir nuevos modelos de relación.

Andréa Angulo – psicóloga 

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