La culpa en el proceso terapéutico, desde una mirada feminista

Hay una emoción que acompaña la mayoría de procesos terapéuticos, y que en el caso de las mujeres, cobra una dimensión especialmente importante: La culpa. La culpa por ser como somos, por ser demasiado o demasiado poco,  por no llegar a todo, o por quebrar en el intento, dificulta el buen trato hacia una misma con el que necesitamos acompañarnos en nuestro proceso de recuperación y de crecimiento.

Aunque la culpa es un tipo de emoción que desarrollamos en la infancia como parte de nuestra  socialización, y nos sirve para aprender a no dañar al otro, nos impulsa a reparar si lo hemos hecho, a pedir disculpas y a seguir las normas sociales,  existe una gran diferencia en cómo es transmitida a mujeres y hombres. Como explica Mireia Darder en su libro  Mujer Deseo y Placer: En las sociedades patriarcales, la norma dice que los hombres culpan a los demás y las mujeres se culpan a sí mismas. No obstante, es importante entender que se trata de un mecanismo socialmente aprendido que genera las dinámicas necesarias para garantizar el mantenimiento y continuidad de la preponderancia masculina. En resumen, se nos educa para sentirnos culpables.

Entenderla en sus diferentes niveles, como mecanismo emocional pero también como mecanismo social,  nos puede ayudar a tener una mayor perspectiva, a no sentirnos solas en esto, y en consecuencia,  no sentir culpa por sentir culpa.

Para comenzar a trabajar con nuestra propia tendencia a sentirnos culpables y  que sea lo más integral posible, vamos a incluir los aspectos emocionales, físicos y sociales de la misma, analizando la culpa desde la observadora neutra, la parte de nosotras que mira sin juzgar. Vamos a utilizar la culpa en vez de zambullirnos en ella, para aprender cuándo y cómo se activa, y tener herramientas para contrarrestarla.

La culpa como emoción suele ser un tipo de rabia que no nos permitimos sacar en la dirección que corresponde, y la volvemos contra nosotras mismas. En este sentido, una de las partes necesarias para trabajar con ella va a ser tomar conciencia de la dirección real del enfado y canalizar esa energía de formas creativas. La naturaleza de las emociones es expresiva, fluida, la emoción que no encuentra un canal de expresión se enquista y dificulta el bienestar.

Si por ejemplo tomo conciencia que en la culpa por no visitar más a mi madre enferma también hay enfado por sus chantajes emocionales, pero una parte de mí dice que cómo me voy a enfadar con una persona tan mayor y vulnerable, el hecho de expresarlo, hablarlo, escribirlo, sacarlo fuera y aceptar que está, va a aliviar la tensión de la culpa.

Suele coincidir en los caracteres más culposos, una dificultad para identificar, sentir y expresar el enfado. Aunque esto pueda suceder a cualquier persona, socialmente y desde nuestra cultura patriarcal, ha habido mayor presión sobre las mujeres en cuanto a la expresión del enfado, por tanto esta herida es común y antigua, por lo que es necesario tratar de recuperar la fuerza que va asociada a la energía de la rabia. Si quieres ampliar información sobre la gestión de la rabia en las mujeres hay un libro muy interesante de Harriet Lerner, La danza de la Ira

La culpa a nivel físico: Físicamente, la culpa genera una tensión en el cuerpo. En esa forma de volver hacia nosotras esa energía agresiva suele haber tensión contenida, que en cada organismo se traduce en diferentes bloqueos, contracturas, o puntos del cuerpo que se debilitan. Pon atención cuando te sientes culpable, para y observa, ¿dónde sientes la culpa?, puede ser opresión en el pecho, un nudo en la garganta, tensión en la boca del estómago, o rigidez en el cuello y hombros. Es necesario incluir la conciencia y expresión corporal en nuestro desarrollo personal, para equilibrarnos. De manera intuitiva sabemos qué actividad en lo físico nos sienta bien, pongámosle atención, dediquémosle tiempo. Incluyamos como parte cotidiana de nuestro cuidado, aquello que sabemos que puede ayudar a lo emocional, desde lo físico, puede ser pasear, bailar, correr, hacer yoga, pilates, boxeo, cantar, expresar a través del teatro….probemos sabiendo que el cuerpo va a agradecer poder soltar y sentirse atendido.

La culpa a nivel cognitivo. (o salirnos del tiesto de nuestros deberías), Como hemos dicho, la culpa cumple una función social, interiorizamos una jueza interna que nos culpará si nos salimos de lo que debemos ser Pero ¿qué creemos que debemos ser? buena madre, mejor profesional, eficaz, cariñosa, independiente, perfecta…  Podemos utilizar, una vez más,  el sentimiento de culpa como alarma, para que cuando la sintamos nos preguntemos de que “tiesto nos estamos saliendo”. Estos deberías los solemos adquirir en nuestro crecimiento, y son mitad conscientes mitad inconscientes, y se activan de forma automática. La forma de trabajar con estos mandatos o introyectos es la siguiente: Cuando detectamos uno de estos debería “debería ser una buena madre”, nos detenemos para hacer un listado con todo lo que eso implica. Normalmente estos mandatos tienen un contenido con el que estamos de acuerdo, intentan mantener unos valores que son los nuestros. El problema es que el nivel de exigencia y perfección del mandato no es asumible. Podemos coger ese listado de deberías y transformarlo en un listado de “quieros” que nos permiten poner condiciones, y por tanto límites a nuestras exigencias. De Debería ser cariñosa con mis hijas, donde está implícito el siempre, en cualquier circunstancia, a Quiero ser cariñosa con mis hijas, y para eso necesito estar descansada, tomarme mis tiempos o pedir ayuda, y puedo entender que cuando eso no pasa, y estoy agotada, pierda la paciencia antes.

La culpa a nivel social. Cuando entendemos que hay una parte importante de este sobreexceso de culpa que no es personal, si no social y cultural, también la solución pasa por llevarla a este nivel. Compartir lo que nos pasa y socializar las herramientas que cada una consigue para mitigar el malestar nos hace sentirnos menos solas en este camino, y participar activamente en los posibles caminos que lleven a un cambio.

En resumen, el trabajo personal de las mujeres con su sentimiento de culpa es importante, entender cómo funciona el mecanismo emocional, en base a qué creencias se dispara de manera automática, hacer conscientes estas creencias, cuestionarlas y desarrollar recursos  personales a distintos niveles que permitan ir disolviendo la parte de la culpa que nos daña.

Julia Johansson – Psicóloga sanitaria y terapeuta Gestalt

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