Migrañas y alimentación

Escribo como paciente de Elena y migrañosa desde la adolescencia.

Hasta el destino es raro, tuve mi primer ataque de migrañas con aura, náusea y vómitos aquí en Madrid de viaje con mis padres. Era Semana Santa, me acuerdo las procesiones y haber comido muchos huevitos de chocolate Lindor, exquisitos.

Al día siguiente estuve fatal.

Durante años he tenido auras, se me empezaban a desdibujar los márgenes de las cosas en el campo visual derecho, como cuando hace mucho calor y conduciendo ves agua en la carretera. Luego todo volvía a la normalidad e iniciaba el dolor en la parte izquierda de la cabeza, fuerte, la náusea, los vómitos, los nolotiles.

No ha condicionado mi vida. Me he acostumbrado.

Después de la adolescencia han desaparecido las auras, los síntomas visuales.

Lo que domina es el asco y la osmofobia (los olores me causan náusea y rechazo y agudizan el dolor)

Con la residencia de ginecología, las 3 maternidades, las noches de guardia y los partos, y los despertares de mi tercera hija, los ataques han vuelto a ser súper familiares.

Mi cuerpo me comunica cuando me he pasado. Cuando necesito parar, estar a oscuras, en silencio.

A veces puedes, a veces te salva el día de trabajo y cuidados un triptan, un medicamento del que no puedes abusar, hecho para las migrañas.

Me encanta desde mi Erasmus en Oporto una frase de un poema de Álvaro de Campos, alias Pessoa que dice, “la náusea es el sentimiento del cuerpo que sabe que tiene un alma”.

Os ahorro un dibujo horrible que hice de mi misma con un ataque fuerte.

He llegado a tomar betabloqueantes a diario para prevenir.

No tomo alcohol ni fumo porque sé que son triggers o desencadenantes diabólicos. Aunque a veces no beber en un entorno “español” es un poco difícil.

A veces tengo mucha energía y me atrevo a tomarme una copa de vino y no me da un ataque.

Mucho ha cambiado desde que prevengo, intentando reducir el ritmo y con los cambios en mis hábitos alimenticios que me recomendó Elena, mi compañera nutricionista.

En mi caso, cambiando la manera de comer, respetando el plato de Harvard y evitando resolver el hambre comiendo pan con pan he reducido drásticamente los ataques. Cada caso es diferente, pero no soy la única que con cambios en su alimentación ha eliminado la medicación y casi todos los ataques.

Aconsejo a todas mis pacientes y amigas que sufren de migrañas ir a Elena y sería maravilloso que pudiéramos escuchar nuestros cuerpos cuando dicen Ya Basta y meternos en una cueva hasta poder volver a ver la luz!

También os aconsejo un tratamiento creneosacral con Merche que te permite relajarte tanto que el umbral de tolerancia a los estresores se eleva y la probabilidad de un ataque se reduce todavía más!‌

Esto es mi testimonio en primera persona pero ya somos varias a las que se nos ha reducido mucho gracias a cambios en la alimentación.

 

Alberta, ginecóloga y asesora de lactancia

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