El contraste que señalo —entre la mujer colgada de la rama, dueña absoluta de su parto, y la misma mujer reducida a «la sorda» en el hospital— es de una violencia tan silenciosa que duele precisamente por lo cotidiana que resulta.
Lo que le pasa a Ángela en su parto, y Eva Libertad muestra en su potente película, no es un caso extremo, sino el espejo deformado pero fiel de lo que muchas vivimos. La diferencia es que en ella, al sumarse la barrera comunicativa, la anulación se vuelve tan descarnada que no podemos dejar de verla.
Me gustaría lanzar una reflexión desde ese lugar que tanto me resuena: por qué incluir la diversidad no es un «añadido» ni un gesto de buena voluntad, sino que es el núcleo de un modelo de salud realmente distinto.
La diversidad como espejo que nos obliga a mirar
Cuando en Zentro Empatía hablamos de que la diversidad nos enriquece como profesionales, no es una frase hecha. Es una constatación práctica. Porque atender a una persona/mujer gorda, sorda, o a una mujer con diversidad funcional, o a una mujer neurodivergente, o a una mujer con salud mental compleja, nos obliga a desmontar nuestros protocolos automáticos. No podemos caer en la inercia de «lo de siempre». Tenemos que escuchar, aprender, parar, pensar, estudiar, preguntar y adaptar.
Y ese «tener que escuchar y parar» es, en realidad, el mayor regalo que podemos recibir como profesionales. Porque nos saca del piloto automático. Nos devuelve a la esencia de lo que hacemos: estar con una persona, no aplicar una técnica.
La diversidad nos coloca para:
· Escuchar de verdad, porque si no, no hay puente.
· Mirar a los ojos, porque la comunicación verbal no es suficiente.
· Preguntar en lugar de asumir: «¿cómo prefieres que te explique esto?», «¿qué necesitas que tenga en cuenta?», «¿quién quieres que te acompañe y cómo?»
· Habitar la incertidumbre, porque no hay un manual para cada realidad, y eso nos hace más humildes y más presentes.
Eso no es solo «inclusión». Es mejor práctica clínica. Es volver a poner a la persona en el centro, no como un eslogan, sino como algo que nos alinea con nuestros valores y con nuestra visión.

La diversidad nos hace mejores: el valor del espejo
En la película, el sistema sanitario no sabe (o no quiere) adaptarse a Ángela. Y esa falta de adaptación no es un problema de «falta de recursos»: es un problema de mirada. Porque cuando tú partes de que la norma es una mujer oyente, que habla castellano, que tiene red de apoyo visible, que no tiene ninguna diversidad que «complique»… estás construyendo un modelo de salud que solo funciona para un tipo de experiencia, un tipo de cuerpos, un tipo de comunicación, un tipo de vida.
Pero cuando abrazas la diversidad como punto de partida —no como excepción— ocurre algo fascinante: las adaptaciones que haces para quien «sale de la norma» terminan mejorando la atención de todas.
Si te esfuerzas en comunicar de forma clara, visual, pausada y confirmando que has sido entendida por una mujer sorda… ¿a quién no le beneficia una comunicación así en un momento de vulnerabilidad como el parto?
Si creas un entorno donde la mujer puede estar acompañada en todo momento por quién ella decida, puede moverse, elegir posturas, ser respetada en sus tiempos… ¿no es eso lo que cualquier mujer necesita para parir sintiéndose segura?
Si te tomas el tiempo de preguntar «¿qué necesitas?» y no das nada por supuesto… ¿no es eso la base de cualquier relación de cuidados?
La diversidad nos devuelve a lo esencial. Nos quita el ruido. Y ese ruido —protocolos, prisas, jerarquías— es muchas veces el que violenta los partos.
La preparación al parto desde una mirada feminista y diversa
En nuestra cooperativa, entendemos que la preparación al parto no puede ser un espacio de adiestramiento para «llevar bien el dolor» y «obedecer al equipo hospitalario» sin cuestionar. Eso es formar buenas pacientes, no protagonistas de un momento crucial como es el nacimiento de une bebé.
La preparación al parto desde una mirada de diversidad y feminista tiene que ser un espacio de:
· Conectar con su fuerza: informar para que cada mujer sepa qué le pasa, qué puede pedir, qué no es negociable y qué es una intervención, no una obligación.
· Escucha activa: que cada mujer pueda contar sus miedos, sus deseos, sus límites, sin sentirse juzgada.
· Construcción de confianza: en su cuerpo, en sus decisiones, en su capacidad de parir, en su derecho a ser protagonista.
· Acompañamiento real: entender que su red de apoyo (pareja, doula, intérprete, familiar) es parte de ella, no un estorbo.
Cuando incluimos la diversidad en este enfoque, lo que estamos haciendo es reconocer que no hay una única forma válida de parir. Hay tantas formas como mujeres. Y nuestro trabajo como profesionales no es encajarlas en un molde, sino crear las condiciones para que cada una pueda habitarlo a su manera.
Escuchar como acto político
Esa escena final que comentas, donde la violencia no es un grito sino una ausencia —la ausencia de adaptación, de mirada, de humanidad—, nos recuerda que el sistema de salud sigue funcionando desde la lógica de la gestión, no del acompañamiento. Y cambiar eso no es solo cuestión de sensibilidad. Es una apuesta política.
Por eso, cuando desde Zentro Empatía apostamos por la diversidad como riqueza, estamos diciendo: no queremos un sistema que funcione para la mayoría y «haga lo que pueda» con las minorías. Queremos un sistema que, porque incluye a todas, termina siendo mejor para todas.
La diversidad no es un reto logístico. Es una oportunidad para recordarnos quiénes queremos ser como profesionales y como sociedad.
«El sistema nos convierte en espectadoras de nuestro propio parto». Creo que lo más radical que podemos hacer es devolver el protagonismo a cada persona en su trabajo de parto. Y para eso, escuchar —en todas las lenguas, en todos los cuerpos, en todas las formas de habitar el mundo— no es un gesto amable: es la base de todo.
Tania R. Manglano



