Hay algo que se viene observando desde hace tiempo: los cuidados siguen dependiendo mayoritariamente de los cuerpos de las mujeres (mayoritariamente mujeres migrantes) y sostener estos cuidados, además de no olvidar de que hay que cuidarse a una misma, se está volviendo una cuestión cada vez más compleja y desafiante.
La carga invisible de los cuidados
Esto ocurre no solo porque nuestras agendas están llenas de tareas de cuidados (aquellas actividades indispensables para satisfacer las necesidades básicas de las personas, como la limpieza, la compra y preparación de alimentos, la coordinación de horarios, la crianza, el acompañamiento a las mayores…) o por esa presión social que nos empuja a estar siempre disponibles, a responder, a ocupar el lugar que se espera de nosotras, incluso cuando eso implica dejar de lado nuestras propias necesidades. Esta carga es algo sutil, pero también profunda. Y tiene que ver con varios factores, entre otros con la distribución no equitativa, con las barreras de acceso a recursos y con lo que ocurre en las personas cuando se llevan a cabo de manera sistemática tareas que son invisibles, ignoradas, mal remuneradas o difícilmente valoradas.
La dificultad de cuidar y cuidarse
Muchas personas cuidadoras, en sus espacios cotidianos, no sienten que puedan hablar abiertamente de su salud o de sus necesidades de cuidado, incluso es posible que ni siquiera ellas mismas lleguen a saber con certeza cuáles son estas necesidades ni sentir realmente que tienen derecho, tiempo y lugares para explorarlas. Cuando estas condiciones básicas de atención no están presentes, el intento de garantizar la calidad de vida de las personas cuidadoras se interrumpe antes de poder tomar forma.
Mujeres migrantes y trabajo de cuidados
En los países del Norte Global además, cada vez más son mujeres migrantes las que asumen el trabajo de cuidados, muchas veces empujadas por la pobreza o por crisis en sus países de origen. Las mujeres migrantes encuentran en este tipo de empleo una vía de subsistencia, aunque de nuevo en condiciones precarias, inestables y poco protegidas.
La precariedad y el desgaste cotidiano
La precariedad se cuela en la forma en la que habitamos la vida, en el hecho de estar lejos de lugares de pertenencia, en la dificultad para parar y elegir, en las barreras de acceso a recursos y servicios de calidad, en la sensación de encontrarse por detrás de lo que el tiempo y las agendas de lo que se denomina “desarrollo” o “progreso” dictan. Esto da lugar a cansancio acumulado y evidencia la falta de espacios para poner los problemas encima de la mesa y poder abordarlos como sociedad. Cuidar, sin condiciones que sostengan y garanticen el cuidado de quienes cuidan, se convierte en un círculo vicioso que perjudica gravemente la salud de las mujeres y del conjunto de la población.
La necesidad de poner los cuidados en el centro
En el fondo, estos problemas nos afectan y deberían empujar a plantearnos cómo hacer para dignificar y poner en valor el cuidado, asumiendo que todas nosotras en varios momentos de la vida vamos a encontrarnos en una situación de necesidad, desde que nacemos hasta que fallecemos. ¿Cómo conseguir sensibilizar y prevenir la soledad, el desamparo, la vulnerabilidad, la invisibilidad y diferentes situaciones complejas que suceden en el día a día de las personas cuidadoras?
Un problema estructural
La respuesta a estas cuestiones no solo tiene que ver con lo que alcanzan a hacer las personas como individuos dentro de un sistema, sino mayoritariamente con las competencias de un modelo social capitalista que, en tantas ocasiones ya, se ha puesto en evidencia que no alcanza a las personas por igual.
Redes feministas y apoyo mutuo
Frente a un problema estructural de tal envergadura, también se sabe que emergen formas creativas y alternativas de organizar el cuidado. Espacios sociales y colectivos compartidos, más pequeños, más seguros, donde la trasversalidad y el apoyo mutuo no son solo ideas, sino oportunidad de práctica cotidiana. Donde los cuerpos, las vivencias emocionales y las historias de vida tienen espacio seguro y lugar. Lugares donde el feminismo ha calado y donde podemos encontrar acompañamiento, empatía, disposición a la escucha, intención de equilibrar, de compartir, de conciliar, de reparar…
Comunidades más habitables para todas
Porque cuando el tejido social y las comunidades de apoyo son feministas, accesibles, visibles y sólidas, las personas resistimos mejor las crisis… y también se activan mecanismos de participación que ponen en el centro a las personas, nuestra interdependencia y la necesidad de ser cuidadas. Y estos lugares son sin duda mucho más amables, seguros, dignos y habitables para todas.
El desafío de cambiar el modelo
Las personas y las colectividades siempre encontraremos formas de construir estos espacios y de resistir para conservarlos, pero quizá el verdadero desafío sea plantear un cambio de modelo social que verdaderamente garantice derechos de base, un sistema que los sostenga con justicia, dignidad y responsabilidad colectiva sin dejar a nadie atrás.
Marina Ortiz Benedicto, del Equipo Andecha
Colaboradora del Bono Social de Empatía



