Visibilizar, resistir, sanar: el papel vital de las psicólogas lesbianas

La psicología, durante mucho tiempo, ha intentado adaptarse al campo de la medicina: obsesionada con la medición, con una idea de ciencia muchas veces deshumanizante, con la tendencia a diseccionar lo humano y reducirlo a lo individual.

En ese contexto, ser lesbiana y psicóloga ha sido, y sigue siendo, una doble disidencia.

Como lesbianas, desafiamos el mandato heteropatriarcal. Como psicólogas, cuestionamos un saber hegemónico que históricamente ha excluido nuestras voces, nuestras experiencias y nuestras teorías.

Nuestra práctica profesional no se limita a reproducir conocimiento: lo cuestiona, lo rehace y lo reinventa. Entendemos la psicoterapia como un espacio también político y ampliamos la mirada de la salud hacia una perspectiva biopsicosociopolítica, donde lo individual no puede separarse de lo colectivo.

Las ideas que comparto aquí nacen de mi participación como invitada en el encuentro “Por una psicología feminista sin armarios”, celebrado el 24 de abril de 2025 en La Maliciosa, organizado por el grupo de activismo de la Asociación de Psicología y Psicoterapia Feminista. Un espacio de reflexión colectiva donde pensar la práctica clínica desde la disidencia, el feminismo y la experiencia encarnada.

A partir de ahí, comparto tres reflexiones clave.

  1. Visibilizar: nombrar lo que durante años fue silenciado

Visibilizar el papel de las psicólogas lesbianas en la salud mental no es solo una cuestión de representación: es un acto de justicia.

La historia de la psicología está atravesada por silencios.
Silencios sobre los cuerpos que no se ajustan a la norma.
Sobre los deseos que no encajan en lo esperado.
Sobre las identidades que nunca encontraron lugar en los manuales clínicos.

Durante décadas, la disciplina no solo ignoró a las personas LGTBIQ+, sino que participó activamente en su patologización. La homosexualidad fue considerada un trastorno mental por la Asociación Americana de Psiquiatría hasta 1973 y por la Organización Mundial de la Salud hasta 1990.

Esto significa que muchas profesionales se formaron en marcos que no solo invisibilizaban a las lesbianas, sino que las consideraban enfermas.

Frente a ese legado, referentes como Beverly Greene, Laura S. Brown o Ellen Cole han sido fundamentales para construir una psicología crítica, feminista e interseccional. En el contexto cercano, aportaciones como las de Belén Nogueiras contribuyen a pensar la práctica clínica desde una perspectiva comprometida con la transformación social y la mirada de género.

Nombrarlas también es una forma de reparación.

  1. Resistir: ejercer la psicología desde la disidencia

Ser lesbiana en una sociedad heteronormativa ya implica una posición política. Ser psicóloga lesbiana, además, supone una resistencia constante.

Resistencia frente a diagnósticos que históricamente han patologizado nuestras identidades.
Resistencia frente a los sesgos en la formación académica.
Resistencia frente a espacios profesionales que aún cuestionan la legitimidad de nuestras voces.

Hablar desde la propia identidad sigue siendo, en muchos contextos, visto como una amenaza al “rigor académico”, como si la neutralidad fuera posible. Como si no supiéramos ya que, en psicología, la supuesta neutralidad ha tendido a sostener las estructuras de poder.

Aquí, el feminismo se vuelve una herramienta imprescindible. Desde pensadoras como Audre Lorde hasta Monique Wittig, encontramos claves para repensar la práctica clínica.

El feminismo nos recuerda que lo personal es político.
Que la experiencia individual está atravesada por estructuras colectivas.
Que no es posible sanar profundamente sin entender los contextos que nos atraviesan.

Desde ahí, muchas psicólogas lesbianas están construyendo nuevas formas de vínculo, nuevas narrativas del deseo y nuevas prácticas de acompañamiento más éticas, más conscientes y transformadoras.

  1. Sanar: crear espacios donde existir sin permiso

Para muchas mujeres lesbianas, acudir a terapia ya es un acto de valentía.

Es llegar con historias atravesadas por la culpa, el miedo o la vergüenza.
Es buscar alivio en un mundo que, demasiadas veces, ha señalado su identidad como incorrecta.

Por eso, el espacio terapéutico importa. Y mucho.

La presencia de psicólogas lesbianas no se limita a “no discriminar” o a “ser inclusivas”. Va más allá: implica construir espacios donde las personas puedan existir sin tener que ajustarse a ninguna expectativa identitaria, donde no necesiten traducirse ni demostrar quiénes son.

En consulta, esa presencia puede significar seguridad, comprensión y validación.
Fuera de ella, estas profesionales forman parte activa de movimientos que denuncian la lesbofobia, el sexismo y otras formas de violencia estructural.

Su labor es terapéutica, pero también pedagógica y política.

Nos recuerdan que no basta con incluir: hay que transformar.
No basta con tolerar: hay que respetar y celebrar.
No basta con no discriminar: hay que visibilizar y reivindicar.

Las psicólogas lesbianas aportan una mirada situada: una forma de entender el mundo desde la experiencia vivida.

Una mirada que rompe con la lógica binaria.
Que desafía los marcos tradicionales del saber.
Que abre nuevas posibilidades de comprensión y cuidado.

Porque sanar no es solo dejar de sufrir.
Sanar es también reconocerse como alguien digno de amor, de deseo y de cuidado.

Y eso transforma la terapia.
Eso la hace más humana.
Eso, en muchos casos, salva vidas.

Entre desafíos y transformaciones

A pesar de los avances, los desafíos siguen siendo profundos.

Muchas mujeres lesbianas continúan sintiéndose solas en su búsqueda de aceptación y comprensión. La falta de representación en la psicología hace que, con frecuencia, nuestras experiencias sean minimizadas o directamente ignoradas.

El estigma no proviene únicamente de la sociedad en general; también puede aparecer dentro de nuestras propias comunidades. ¿Qué ocurre con las lesbianas que viven en entornos rurales? ¿Tiene cabida una psicóloga lesbiana en esos espacios? ¿Cuántos obstáculos, visibles e invisibles, tiene que atravesar para ejercer?

A esto se suma la intersección de múltiples opresiones: ser mujer, ser lesbiana y, en muchos casos, pertenecer a otras minorías. Realidades que complejizan el acceso al bienestar y que exigen una mirada más amplia y comprometida.

Frente a esto, la tarea es clara: transformar.

Transformar los planes de estudio para incluir teorías y prácticas desde las disidencias sexuales.
Transformar las instituciones que contratan y evalúan a las psicólogas lesbianas.
Transformar las lógicas internas de colegios y asociaciones profesionales.
Y transformar, también, la forma en que entendemos el sufrimiento, el trauma, el amor y la salud mental.

Visibilizar, resistir y sanar no son solo procesos individuales: son parte de una transformación colectiva que sigue en marcha.

 

Adriana F. Caamaño

También te puede interesar