El otro día escuché una reflexión que me removió por dentro.
Una de esas que te sacuden, te obligan a parar y mirar con otros ojos la vida, el cuerpo, el movimiento…
Imagina esto:
Si ahora mismo te dijeran que te van a dar 1 millón de euros, ¿cómo te sentirías?
Probablemente feliz, eufórica, agradecida.
Ahora imagina que te ofrecen 5 millones de euros, pero con una condición:
mañana no podrás levantarte de la silla, ni caminar, ni correr, ni abrazar, ni entrenar, ni hacer pis sola, ni subir escaleras.
¿Los aceptarías?
La mayoría diríamos que no. Porque, de repente, lo que parecía un sueño se convierte en una jaula.
Y entonces lo entendemos: tu capacidad de moverte, de sentirte fuerte, de valerte por ti misma… no tiene precio.
Sin embargo, lo damos por hecho cada día.
Nos quejamos de entrenar, de “no tener tiempo”, de estar cansadas, de tener que hacer algo más por nosotras mismas.
Pero… ¿y si lo que tienes ahora mismo vale más que cualquier cifra?
¿Y si el privilegio de moverte, entrenar y cuidar de ti fuera tu mayor tesoro?
No entreno porque me sobre el tiempo.
Entreno porque me importa poder usar mi cuerpo hoy y también dentro de 30 años.
Entreno porque quiero ser libre, autónoma, funcional.
Entreno porque el cuerpo que tengo es el único lugar que tengo para vivir.
Y tú, ¿lo estás cuidando como se merece?



